La importancia de ser una misma

¿Cómo nos presentamos ante los demás? 

¿Somos igual cuando estamos solas que cuando estamos junto a alguien?

¿Por qué tememos ser nosotras mismas? 

¿Es el miedo al juicio? 

¿Es el propio auto-desconocimiento?

¿Y si fuéramos naturales y espontáneas?

Tenemos miedo a no gustar, a no ser acogidas en un grupo, a no pertenecer. Tenemos miedo a estar por debajo, a no cumplir con lo que se pueda esperar de nosotras, a decepcionar, a no estar a la altura.

Vivimos para los demás, para que nos quieran, para esto, para aquello, para lo otro. Siempre con un para. Y es que dejar de vivir para el otro y comenzar a hacerlo para una misma, por el puro placer de experimentar nuestra propia existencia, conlleva aceptarse.

Y aceptarse a una misma cuesta. Cuesta porque, al hacerlo, hay que aceptar todas las incoherencias que albergamos, los miedos que nos manejan, las mentiras que nos decimos y decimos al resto, el propio desconocimiento de quiénes somos en realidad. Digamos que aceptarse implica reconocer nuestra ignorancia, nuestros deseos más primarios de amor. Aceptarse es regresar al presente, porque el propio acto de aceptar sólo puede suceder aquí y ahora. Y en el presente están las sensaciones incómodas, es el centro del huracán.

Aceptarse, para mí, es también aceptar el hecho de no saber aceptarse. 

Es el reconocerse con el deseo de querer ser fiel a la sabiduría que nos creó y de elegir el camino de la auto-indagación, aún sin tener claro el camino, los pasos, o el destino. 

Aceptarse, para mí, es decirse a una misma “estoy aquí contigo, te acompaño”. 

Es escucharse, mirarse, dedicarse la atención que tanto anhelamos y buscamos fuera. 

Es amarse con todas las imperfecciones, sin juicio, es confiar en la inteligencia con la que se formó nuestro cuerpo y permitirle expresarse, libre. 

Antes sólo buscaba aceptación por doquier, buscaba amor en cada esquina, a cualquier precio, dejándome a un lado si eso complacía a la otra persona y la hacía quererme más. 

Pero ya no me interesa eso. Ya no quiero a mi lado gente que sólo ame mis máscaras, porque eso me hace vivir sin permitirme quitármelas, no vaya a ser que al descubrirme, se aleje. Ya no tengo motivación por querer aparentar ser otra. Esto desgasta y aburre. 

Ahora trato de dar prioridad a mi genuidad, a mi autenticidad. Trato de poner voz a mi perspectiva. 

Algo que cada día aprecio más es encontrarme con la sinceridad y tener la oportunidad de decidir quedarme o irme. Y aunque decida irme porque su sinceridad no aporte nada positivo a mi vida en este momento, valoro profundamente el hecho de saber que veo lo que hay y no marketing andante. 

Y así, por ese gusto que me produce poder ver la vida desde los ojos únicos de cada ser, me veo impulsada a yo también expresar mi esencia y saber que quien se quede, se queda conmigo y no con un personaje que debo ir alimentando constantemente. 

Desenmascararse permite ver con más claridad. Así podemos ir descubriendo quiénes somos a tiempo real y, con esta información, comenzar a moldear quiénes deseamos ser. Pero ya no es fingir ser alguien, ya no es un cambio en la superficie sino que tenemos la oportunidad de ir moldeando desde adentro, desde el subconsciente que es el útero de la creación. Y aquí se abre un súper universo de posibilidades…